
Un amigo, Josito, me manda un artículo“Por una vida mas frugal”, escrito por Nicolas Ridoux (autor de Menos es más. Introducción a la filosofía del decrecimiento) y me apostilla: “gran artículo”. De acuerdo, una visión nítida de lo que nos deberíamos plantear, pero en lo que todavía casi nadie piensa, aunque voy a citar algún ejemplo de persona que ya lo practica y con el convencimiento de que en la carrera del “maricón el último” no están, o estamos, todos.
Desde luego, la crisis actual no ha sido mas que la parte visible de un iceberg, el problema es mucho mayor. El mundo no puede seguir creciendo a los ritmos actuales durante muchos años. Los países emergentes, los BRIC, nunca podrán alcanzar el nivel de vida que hemos tenido los occidentales, y los occidentales no podremos seguir teniendo el mismo nivel de vida. Matías Vallés en un artículo en el Levante (que por cierto no encuentro, ahora) ya anticipaba que Occidente perderá bienestar mientras los BRIC lo ganarán, es decir, anticipaba una convergencia, a la baja para los occidentales.
Cualquier persona inteligente se lo podría imaginar, pero los políticos viven al día y lo tienen que ocultar, eso ya se lo explicarán los que ganen las próximas elecciones, o las siguientes. El crecimiento cero o decrecimiento significa repartir, y eso no es políticamente correcto. A ver cómo le dicen a los ciudadanos, a los votantes, que hay que repartir, que no pueden seguir creciendo todos los indicadores. Imposible. De hecho, hoy, he descubierto una línea de reflexión en esta dirección “decrecimiento”. Vale la pena echarle un vistazo y ver lo que ya se está pensando sobre esa posibilidad, ya muy real. Pero, sigamos…(p. 2)
Maricón el último
Sobre el lema “maricón el último” ya se ha hablado en esta página. “No hay viento favorable para los que no saben hacia donde van”. Y ese es el caso que nos ocupa. Es la oportunidad y el momento de plantear ese nuevo modelo económico y social hacia el que hay que ir, según dicen todos, pero que nadie se cree.
Ha llegado el momento de repartir el trabajo, de disfrutar de la vida, de empezar a conformarse con lo que se tiene y disfrutarlo.
España se ha convertido en la envidia del mundo en infraestructuras (el mismo Obama quiere un AVE como el español) y, a pesar de todo, seguimos vendiendo la necesidad de crecer en infraestructuras. Es una locura; pero se van a crear mas autopistas; la última prevista es la que va desde Novelé a Canals. ¿?¿? Sobre este tema tambien habría que reflexionar y en lugar de seguir gastando en infraestructuras, para ocupar al personal, habría que hacer un plan de albañilería para mejorar las casas, las viviendas de los españoles. Ocuparía mas gente y viviríamos mejor. Claro que a los impresentables de los políticos, y sus patrocinadores, eso les importa un pepino. Ahora están con lo de que los gobiernos les compren casas ( “Las autonomía compran pisos a las promotoras” ), para así retirarlas del mercado a ver si pueden repuntar los precios. Pero la cuestión es que los gobiernos pican y se van a gastar nuestro dinero en esos planes.
La filosofía del ‘decrecimiento’ reivindica que debemos trabajar menos para vivir mejor. Propone una crítica constructiva y pluridisciplinar que ponga en cuestión la búsqueda obsesiva del “cada vez más”.
En el origen de la grave crisis actual hay una nueva manifestación de la desmesura, de la búsqueda infinita de omnipotencia. Las empresas y entidades financieras han estado persiguiendo obtener unos beneficios en crecimiento perpetuo. En esta búsqueda incesante del “cada vez más”, los mercados existentes no bastaban, y hubo que crear mercados incluso donde no existían. Las consecuencias de todo ello en la economía real serán por desgracia de amplio alcance, y afectarán especialmente a los más débiles. Como consecuencia de esta crisis, la mayoría de nuestros dirigentes, antes neoliberales, de repente parecen haber descubierto a Lord Keynes. Pues bien, ¿qué es lo que Keynes nos dice? “La dificultad no es tanto concebir nuevas ideas como saber librarse de las antiguas”.
Eso es lo que pretende el movimiento del “decrecimiento”, que propone una crítica constructiva, argumentada, pluridisciplinar, de rechazo de los límites que constriñen nuestras sociedades contemporáneas, para así poder liberarnos de ese “cada vez más”. La filosofía del decrecimiento trata de explicar que en muchas ocasiones “menos es más”.
¿Qué es exactamente lo que está ocurriendo en nuestros días? No estamos padeciendo una crisis sino un conjunto de ellas: crisis ecológica (energética, climática, pérdida de la biodiversidad, etcétera); crisis social (individual y colectiva, aumento de las desigualdades entre las naciones y en el seno de las mismas, etcétera); crisis cultural (inversión de valores, pérdida de referentes y de las identidades, etcétera); a lo que ahora se añade la doble crisis financiera y económica. Todas ellas no son crisis aisladas, sino más bien el resultado de un problema estructural, sistémico: cuyo origen está en la desmesura, en la búsqueda obsesiva del “cada vez más”.
¿Qué se puede decir sobre la crisis económica desde el punto de vista de quienes somos “objetores al crecimiento”? Que nadie se equivoque, porque decrecimiento no es sinónimo de recesión. Tal como escribí hace más de dos años: “No hay que elegir entre crecimiento o decrecimiento, sino más bien entre decrecimiento y recesión. Si las condiciones ambientales, sociales y humanas impiden que siga el crecimiento, debemos anticiparnos y cambiar de dirección. Si no lo hacemos, lo que nos espera es la recesión y el caos”.
Ahora hemos entrado en recesión, pero que nadie se confunda, no en una sociedad de “decrecimiento”. Para empezar, no hemos cambiado nuestra organización social, y en la actual organización todas las instituciones y mecanismos redistributivos se nutren de la idea del crecimiento. En una sociedad así, cuando el crecimiento falta, la situación es inevitablemente dramática. El decrecimiento es algo totalmente distinto. Significa crecer en humanidad, esto es, teniendo en cuenta todas las dimensiones que constituyen la riqueza de la vida humana.
El decrecimiento no es un crecimiento negativo, ni propugna tampoco una recesión ni una depresión; sería ridículo tomar nuestro sistema actual y ponerlo del revés y de esa manera intentar superarlo. El decrecimiento supone que debemos desacostumbrarnos a nuestra adicción al crecimiento, descolonizar nuestro imaginario de la ideología productivista, que está desconectada del progreso humano y social. El proyecto del decrecimiento pasa por un cambio de paradigma, de criterios, por una profunda modificación de las instituciones y un mejor reparto de la riqueza.
Es claro que el crecimiento económico pretende aliviar la suerte de los más desfavorecidos sin tocar demasiado las rentas de los más ricos, para no enfrentarse a su reacción política. En ese sentido, el decrecimiento pasa necesariamente por una redistribución (restitución) de la riqueza.
En un mundo de recursos limitados, las cosas no pueden crecer de manera indefinida. Por eso, “la objeción al crecimiento” habla de la necesidad de compartir, el regreso de la sobriedad, en particular para aquellos que sobreconsumen. Hacemos nuestras estas palabras de Evo Morales, presidente de la República de Bolivia, que el 24 de septiembre de 2008 afirmó en la Asamblea General de las Naciones Unidas: “No es posible que tres familias tengan rentas superiores a la suma de los PIB de los 48 países más pobres (…) Estados Unidos y Europa consumen de media 8,4 veces más que la media mundial. Es necesario que bajen su nivel de consumo y reconozcan que todos somos huéspedes de una misma tierra”.
Hay que acabar con la idea de que “el crecimiento es progreso” y la condición sine qua non de un desarrollo justo. El crecimiento es adornado por sus defensores con todas las virtudes, por ejemplo en materia de empleo. Sin embargo, como dijo Juan Somavia, director general de la OIT, en su informe de enero de 2007: “Diez años de fuerte crecimiento no han tenido más que un leve impacto -y sólo en un pequeño puñado de países- en la reducción del número de trabajadores que viven en la miseria junto con sus familias. Así como tampoco ha hecho nada por reducir el paro”. En efecto, los beneficios empresariales han sido tan enormes que ni siquiera un crecimiento fuerte ha podido crear empleo, de ahí la persistencia del paro. La recesión agrava brutalmente este problema. Pero es ilusorio pensar que, para que todo el mundo tenga trabajo, lo que hay que hacer es restaurar el crecimiento económico y aumentar cada vez más las cantidades producidas; esta sobreproducción no tiene ningún sentido, no consigue el pleno empleo y, encima, compromete gravemente las condiciones de supervivencia del planeta.
Volvamos a Keynes, aunque no el que relanza las economías desfallecientes gracias a la intervención del Estado, sino al que escribía en sus Perspectivas económicas para nuestros nietos (1930) que sus nietos (es decir, nuestra generación) deberían liberarse de la coacción económica, trabajar 15 horas semanales y tender a una mayor solidaridad que permitiese compartir el nivel de producción ya alcanzado. No hacerlo así, según él, nos llevaría a caer en una “depresión nerviosa universal”.
La filosofía del decrecimiento hoy dice que debemos trabajar menos para vivir mejor. No tener la mira puesta en el poder adquisitivo (que a menudo es engañoso y reduce al hombre a la única dimensión de consumidor), sino buscar el poder de vivir. Se trata de cambiar la actual organización de la producción y repartir mejor el trabajo: utilizar los beneficios obtenidos para que todos trabajen moderadamente y todas las personas tengan un empleo. Esta reorganización debe ir acompañada de una revisión de las escalas salariales. No es aceptable que algunos empresarios ganen varios centenares o miles de veces más el salario de sus propios trabajadores.
Reducir la cantidad de trabajo permitiría asimismo que pudiésemos llevar una vida más equilibrada, que nos realizáramos a través de cosas que no sean la sola actividad profesional: vida familiar, participación en la dinámica del barrio, vida asociativa, y también actividad política, práctica de las artes…
Un modo de vida más frugal, que se tomara en serio los valores humanistas y tuviese en cuenta la belleza, conduciría a producir menos pero con mejor calidad. Una producción de calidad pide habilidad y tiempo, y ofrecería empleos numerosos y más gratificantes. Supone no recurrir sistemáticamente a la potencia industrial (exige sobriedad energética) lo cual mejoraría la necesidad de fuerza de trabajo (como se observa al comparar la agricultura intensiva, muy mecanizada, gran consumidora de petróleo pero parca en mano de obra, con la agricultura biológica). De esta manera, quizá también se pudiese equilibrar mejor trabajo intelectual y trabajo manual, y combatir al mismo tiempo la epidemia de obesidad que padecen nuestras sociedades demasiado sedentarias.
Devolver el protagonismo a la persona, restaurar el espíritu crítico frente al modelo dominante del “cada vez más” y abrir el debate sobre nuestra forma de vivir y sus límites, saber tomarse tiempo para mantener una relación equilibrada con los demás, ése es el camino que propone la filosofía del decrecimiento. Se trata de sustituir el crecimiento estrictamente económico por un crecimiento “en humanidad”. Es una tarea estimulante, un desafío que merece la pena intentar.
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